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CAPÍTULO 3

ESTRATEGIAS DE ADAPTACIÓN
AL CAMBIO ESTACIONAL

 

Todas las formas de vida —bacterias, plantas y animales— están sometidas en mayor o menor medida a presiones por parte del medio ambiente que, según su agresividad e intensidad, sacan a los organismos de su estado fisiológico ideal u óptimo y si estos no reaccionan o no están dotados de habilidades para adaptarse a las nuevas condiciones, su supervivencia y quizás la de la especie a la que pertenecen, estarán seriamente comprometidas. Los mecanismos de control para contrarrestar estas agresiones que pueden actuar a nivel de las células, de los tejidos o del organismo completo y en algunos casos de su comportamiento y de la capacidad de hacer los ajustes necesarios para retornar a un estado fisiológico óptimo, definen en cada ser vivo los límites de supervivencia y determinan su distribución, para vivir en el planeta, dentro de la amplia gama de hábitats disponibles; algunos de éstos resultan más agresivos que otros, de acuerdo con la variación en factores como la temperatura, la humedad, la luz, la salinidad del agua o su turbidez y la velocidad del viento, entre otros y la celeridad o gradualidad con que ocurren estos cambios.

Los organismos consumen agua y tienen que reabastecerse constantemente, pero en el bosque seco tropical, debido a la ausencia de lluvias durante una o dos estaciones climáticas secas, en las cuales la escasez puede ocasionar desequilibrios fisiológicos severos, los seres vivos deben buscar mecanismos para mantener un grado aceptable, si no óptimo, de hidratación de sus células y tejidos para cumplir su ciclo de vida exitosamente. En este tipo de bosques la vegetación debe mantener las funciones vitales consumiendo cantidades mínimas o nulas de líquido durante la sequía y por tratarse de un ecosistema complejo en el que todos los organismos que lo conforman están relacionados de una u otra manera, el solo hecho de que los productores primarios, o sea las plantas, tengan que adoptar estrategias para garantizar su equilibrio fisiológico y su sobrevivencia durante este período hostil, desencadena para la comunidad de animales del bosque —herbívoros, carnívoros de primero, segundo y tercer orden, parásitos y comensales, entre otros— la necesidad de «inventar» tácticas que les garanticen su existencia. Para un herbívoro, la disponibilidad de alimento puede tornarse crítica cuando las plantas de las cuales se alimenta pierden su follaje o no producen frutos; la forma como haga frente a esta situación, muy seguramente se convertirá, a su vez, en un problema para el carnívoro de primer orden que se alimenta de éste y así sucesivamente.

La estacionalidad hídrica en el bosque seco tropical obliga a todos sus constituyentes y moradores a adquirir todo un arsenal de estrategias para continuar viviendo; algunas pueden parecer lógicas y simples, otras son definitivamente complejas, pero todas son producto del proceso de evolución que garantiza la continuidad de la vida en el planeta.

DESNUDARSE EN VERANO, VESTIRSE EN INVIERNO

La pérdida y renovación de las hojas no es exclusiva de la vegetación de los bosques secos tropicales; también en las selvas húmedas tropicales, donde la disponibilidad de agua no es una limitante, las especies arbóreas desarrollan numerosas estrategias para el cambio de follaje. Algunas renuevan su copa progresivamente durante todo el año, de forma que una generación de hojas se superpone a la que se ha extinguido; otras, por el contrario pierden todo el follaje a la vez; ciertas especies renuevan las hojas antes de perder las viejas; en otras el proceso se realiza simultáneamente y en algunas, el árbol queda completamente desnudo durante unas horas o pocos días.

Cuanto más marcada es la estacionalidad de las lluvias, es más alta la proporción de árboles caducifolios o de hoja caediza que se presenta y mayor la sincronización entre las distintas especies en el proceso de abscisión de las hojas. La característica más sobresaliente de los bosques secos tropicales es el contraste que exhiben entre el exuberante verdor durante la época lluviosa y la apariencia mustia y gris durante la sequía. Gran parte de la vegetación pierde su follaje en pocos días y el paisaje se torna amarillento tan pronto como las condiciones de sequía se vuelven adversas, para después de un breve tiempo adoptar una tonalidad marrón grisácea, propia de los troncos, las ramas y el suelo.

A partir del agua, de la luz solar y del dióxido de carbono presente en el aire, en las hojas se elaboran los azúcares necesarios para la subsistencia de las plantas, pero las hojas necesitan abrir sus estomas o poros para captar el dióxido de carbono y cada vez que lo hacen, escapa un poco de agua. Como una respuesta al conflicto que enfrentan las plantas del bosque seco tropical para llevar a cabo la fotosíntesis —proceso mediante el cual los vegetales fabrican alimentos—, en la época seca, cuando no pueden darse el lujo de perder el líquido vital, botan las hojas con el propósito de conservar en el interior de sus troncos la poca agua que les queda. Para contrarrestar esta situación, algunas plantas leñosas como la bonga o majagua, el resbalamono y la ceiba de leche, desarrollan tallos fotosintéticos de tonalidad verdosa, que presentan lentécelas —pequeñas perforaciones en las cortezas—, lo cual permite el intercambio de dióxido de carbono por oxígeno. Algunos arbustos, como el olivo y el laurel, prefieren no desprenderse de sus hojas, pero las recubren con una cutícula de cera que permite el intercambio de gases sin pérdida de agua.

En los bosques menos secos, con estacionalidad moderada o con sequías poco prolongadas, los únicos afectados son los árboles de mayor envergadura que conforman el estrato superior o emergente, pero en los bosques claramente estacionales, la mayoría de los árboles son caducifolios. Las especies de amplia distribución, que viven tanto en los bosques lluviosos como en los secos, suelen adoptar su estrategia de acuerdo con el clima; son caducifolios facultativos, por cuanto la pérdida de sus hojas es por lo general inducida por la sequía y no está fisiológicamente predeterminada. Por el contrario, en las especies caducifolias obligadas, que dominan en los bosques de latitudes extratropicales con acentuada estacionalidad térmica, el proceso de marchitar y desprender a voluntad las hojas, conocido como abscisión foliar, es estimulado por el cambio en el fotoperíodo o cambio estacional en la duración de la insolación diaria y está predeterminado fisiológicamente.

Al finalizar la época seca comienza una fase totalmente distinta para estos bosques. Tan solo en unos días se asoma en todas las ramas una multitud de hojas tiernas que ponen en marcha nuevamente el vital aparato fotosintético; en pocas semanas las hojas alcanzan su tamaño final y el denso follaje transforma la aparente latencia del paisaje en una vistosa selva verde. En el suelo, cerca de los troncos más gruesos crecen rápidamente hierbas, retoños, arbustos y árboles jóvenes. Bejucos y enredaderas se extienden enmarañándose entre los tallos de los árboles y en sus copas y el denso follaje ofrece sombra y protección para los animales. La fotosíntesis puede ahora llevarse a cabo sin restricciones; con los estomas abiertos, las plantas se dan el lujo de transpirar y perder agua; aumentan al máximo su superficie de captación de luz y así optimizan la producción de azúcares que les permiten crecer, reproducirse y soportar el embate de la próxima estación seca.

SOBREVIVIR A LA SEQUÍA

La pérdida de follaje de la vegetación arbórea constituye una de las adaptaciones más evidentes en el bosque seco tropical, pero ¿cuáles son las estrategias de la fauna de estos bosques para sobrevivir sin agua y, en el caso de muchos herbívoros, sin alimento? Este problema atañe principalmente a aquellos organismos de escasa movilidad, residentes permanentes de este tipo de bosques, puesto que no buscan alternativas migrando local o regionalmente a zonas más favorables. Para lograr la subsistencia de una especie en estas condiciones, es necesario que los ritmos en los ciclos de vida de sus individuos estén sincronizados, que ambos sexos sean fecundos simultáneamente y que el nacimiento de la nueva generación ocurra en el momento más conveniente. Muchas de estas actividades requieren de una preparación y deben ser anticipadas a la época de sequía, por lo que la organización temporal de la vida implica, por lo general, ritmos internos o endógenos.

Las flores en el bosque seco han evolucionado hacia una diversidad sorprendente de formas, colores y esencias, con el propósito fundamental de atraer a los polinizadores. Durante la estación seca algunas plantas caducifolias gastan gran parte de su energía en florecer conspicuamente para atraer exclusivamente para sí, a las aves, los murciélagos y los insectos nectarívoros. Algunas especies arbóreas tienen un patrón de floración explosivo o de «big bang», puesto que ocurre en forma sincrónica y masiva durante un período muy corto y su polinización depende generalmente de insectos que abandonan su fuente de alimentación habitual para aprovechar esta abundante pero efímera oferta de néctar.

Los guayacanes son conocidos por su breve pero espectacular despliegue de flores amarillas o rosadas en la época seca, que dura a lo sumo cinco días; es una floración en la cual muchos árboles exhiben sus flores al mismo tiempo y son visitados por en- jambres de abejas y abejorros. Uno o más eventos de floración tienen lugar a mediados o hacia el final de la época seca, generalmente a los seis días de haberse presentado temperaturas anormalmente frías o algunas lluvias ligeras; una vez que las flores han sido fertilizadas, rápidamente se forman frutos en forma de vainas alargadas hasta de dos palmos de longitud y en pocas semanas, cuando están maduras y secas, se abren para liberar multitud de semillas blancas y aladas que normalmente se dispersan en las últimas semanas de la sequía y las primeras de la temporada lluviosa, para que la germinación de las nuevas plántulas ocurra precisamente durante los meses de mayor disponibilidad de agua.

Ciertas plantas producen muchas flores durante un período más prolongado, lo cual atrae a muchos y variados polinizadores y otras más producen pocas flores pero lo hacen de manera constante durante al menos un mes. Una buena cantidad de los insectos nectarívoros que aprovechan la oferta de alimento en la época seca, desempeñan un importante papel como polinizadores y tienen ciclos de vida muy cortos, restringidos a la época de bonanza.

Aquellos insectos para los cuales el néctar de las flores de verano no significa una fuente atractiva de alimento, sino que dependen más bien de las hojas verdes, suspenden su desarrollo temporalmente ante la aparición de estímulos ambientales combinados con sus ritmos endógenos, en un fenómeno conocido como diapausa. En algunas especies, ésta ocurre en la fase de huevo, como es el caso de la rezandera y la mariapalito; en otras, en la fase de larva, como en ciertos himenópteros parásitos de mariposas y dípteros hematófagos que se alimentan de sangre de animales vertebrados, incluyendo a los transmisores de la malaria, la fiebre amarilla y el dengue. Otros dípteros entran en diapausa en la fase de pupa y ciertos hemípteros en la fase de imago.

Muchos caracoles pulmonados de hábitos terrestres o arborícolas suelen agruparse, al inicio de la sequía, en las oquedades de los troncos y producen una capa de mucílago que se endurece y forma un epifragma o tapa que cierra la concha y limita la evaporación; de esta forma pasan una temporada de letargo. Su cercanía garantiza el encuentro rápido de parejas sexuales, una vez las condiciones de humedad les son propicias y aseguran así el éxito reproductivo de la especie. Donde la textura del suelo lo permite, algunas especies de caracoles se entierran hasta varias decenas de centímetros en procura de un ambiente más húmedo; otras viven el letargo a la sombra del follaje, adheridas a las ramas de los pocos arbustos que retienen sus hojas.

Los anfibios y algunos reptiles, como el sapo bufo, que sólo está activo durante unos pocos meses del año, reducen al mínimo su metabolismo y se entierran durante casi todo el período adverso y producen varias capas de epidermis que, al secarse, forman una cubierta que evita la transpiración. La mayoría de los mamíferos pequeños se refugia en las zonas más húmedas de cada región. Algunos ratones cuentan con adaptaciones metabólicas que les permiten permanecer en la zona seca durante el verano y extraer el agua de las semillas que consumen. Para evitar la transpiración excesiva cuando están en busca de alimento, muchos mamíferos del bosque adquieren hábitos nocturnos y así aprovechan la temperatura más baja. Los murciélagos consumidores de frutos, en ausencia de éstos, pueden cambiar su dieta para alimentarse de insectos. Las aves y los mamíferos grandes tienen una mayor capacidad de movimiento, lo que les permite desplazarse a zonas más favorables cuando no hay recursos disponibles; en esta época los loros y los pericos concentran su actividad en las franjas más húmedas de vegetación, donde se conservan algunas hojas o frutos. Los grandes mamíferos como los venados, los monos y los felinos, pueden recorrer grandes distancias en busca de cuerpos de agua, transgrediendo incluso las fronteras del ecosistema.

EL BOSQUE SE TRANSFORMA

Las primeras lluvias desatan una impresionante explosión de vida. Hierbas y retoños afloran del suelo y crecen rápidamente; los sedientos árboles y arbustos aprovechan al máximo el agua y en unos cuantos días se forma una densa red de raíces muy delgadas que se extienden entre las capas más superficiales del suelo y al absorber la mayor cantidad de agua posible, captan los nutrientes que provienen de la rápida descomposición de las hojas secas.

La actividad de los animales se sincroniza también con la abundancia de recursos de la época húmeda. Enormes cantidades de insectos inician su ciclo de vida o cesan la diapausa y reanudan su desarrollo tan pronto como el ambiente se torna más húmedo; pocas horas después del primer temporal, miríadas de pequeños insectos revolotean formando densas nubes, pierden de repente sus alas y realizan así todo su ciclo reproductivo en un sólo día.

En las primeras semanas de la temporada lluviosa se descuelgan de los árboles miles de gusanos sostenidos por delgados hilos sedosos y orugas multicolores tapizan las cortezas de los árboles, mientras que los caracoles aprovechan el agua acumulada en las oquedades de sus troncos y salen de su letargo.

El vuelo nupcial de las hormigas arrieras se presenta con las lluvias más fuertes del comienzo del invierno, tan sólo unas horas después que lo han hecho las termitas. Inicialmente salen de los nidos subterráneos las castas de hormigas criadoras, cortadoras y soldados, que en grandes cantidades cubren el área alrededor de las entradas cercanas al centro de las colonias para atacar a cualquier intruso, situación que puede ser aprovechada por el oso hormiguero y algunas aves insectívoras para saciar su apetito; luego aparecen los machos alados y más tarde las reinas, que son perseguidas por enjambres de éstos, hasta que las aparean y fecundan. Con las primeras lluvias, también las avispas comienzan a construir sus panales y los cuelgan de las ramas, de donde al cabo de unas pocas semanas salen sus crías.

Las ranas y los sapos que han permanecido enterrados durante la sequía, pierden las capas de epidermis que fabricaron durante ese período, hidratan su nueva piel con las primeras lluvias, excavan la tierra para salir a la superficie y se dirigen a las charcas y una vez allí, practican sus fascinantes ritos prenupciales; al caer la tarde y durante las primeras horas de la noche, especialmente cuando hay luna nueva, los machos orquestan una ensordecedora algarabía para atraer a las hembras; los de cada especie emiten un sonido con entonación y ritmo característicos, para evitar el apareamiento con hembras de otra especie. Una vez la hembra es atraída y se produce el encuentro, se inicia el cortejo y luego se aparean; tanta algarabía atrae no sólo a la pareja sino también a los depredadores, por lo que, para evitar ese peligro, usualmente estos sonidos tienen un efecto «ventrílocuo», que dificulta su ubicación. A pesar de ello, muchos machos son víctimas de depredadores especializados, como son ciertas especies de murciélagos.

Debido a que la disponibilidad de alimentos y agua en el bosque seco tropical tiene un comportamiento estacional, muchos animales deben anticipar los cambios del ambiente y procurar que su descendencia nazca en el momento en que las condiciones son más favorables. Varias especies de anfibios, reptiles, aves y mamíferos se aparean con la debida antelación, teniendo en cuenta el tiempo que demanda la gestación o incubación, para que el nacimiento de sus crías ocurra en la época propicia.

Así, las crías de iguanas, colibríes, pericos, ratones, conejos, zainos y venados nacen casi todas sincrónicamente al inicio de la época húmeda, cuando aparecen las hojas tiernas del follaje y el agua es abundante. Muchas aves y algunos mamíferos que viven en otro tipo de ecosistemas cercanos, aprovechan la época de abundancia en el bosque para encontrar alimento fácilmente y a lo mejor con menos competidores que en las sabanas, los desiertos y los bosques húmedos. En el bosque seco tropical tiene lugar una explosión de vida que se acopla al ritmo de las lluvias.

Al cabo de los meses, la temporada seca comienza a manifestarse paulatinamente. El escenario de bosque verde que alardea de actividad, vuelve a transformarse poco a poco en una maraña gris de ramas y bejucos espinosos donde la vida animal parece apagarse; sin embargo, la actividad volverá a despertar con las próximas lluvias.

 
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