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CAPÍTULO 5

EL APROVECHAMIENTO DE LOS DELTAS Y ESTUARIOS

 

Los estuarios y deltas de los grandes ríos del mundo han estado íntimamente ligados a la historia de diversos pueblos y culturas; los deltas, en particular, han sido escenarios propicios para el desarrollo de asentamientos humanos, puesto que combinan las ventajas de la cercanía del mar como medio de producción y acceso a otras comunidades, con las que ofrece el río en cuanto a transporte, productividad agrícola, acuícola, energética y de agua potable.

La gran mayoría de los deltas que conocemos en la actualidad surgieron hace menos de 12.000 años, cuando empezaron a derretirse los glaciares de la última glaciación y subió el nivel del mar, muchos de ellos tienen un origen que no se remonta más allá de 4.000 años. No obstante las diferencias en su edad geológica, no es coincidencia que en muchos deltas se hallen los primeros testimonios de actividades humanas. En los climas templados húmedos, algunas zonas deltaicas se han convertido en turberas elevadas: las condiciones de grandes cúpulas de turba cubierta de musgos, han favorecido la conservación de testimonios de la evolución del medio natural y de una serie de objetos arqueológicos que van desde estructuras y objetos de cerámica y madera, hasta restos humanos y de alimentos; los hallazgos arqueológicos en los deltas del Nilo y el Congo en África, del Ganges y el Yangtsé en Asia, del Ebro, el Danubio y el Rin en Europa, y del Mississipi, el Colorado, el Orinoco y el Paraná en América, son ejemplos bien documentados.

De Puerto Hormiga, cerca de la desembocadura del Canal del Dique, un distributario del río Magdalena en la costa Caribe de Colombia, proviene la cerámica más antigua de América encontrada hasta el momento, con una edad aproximada de 5.000 años. También en otras zonas deltaicas colombianas, tanto del Caribe —concheros de la Ciénaga Grande de Santa Marta y delta del río Sinú—, como del Pacífico —concheros y cerámica de la cultura Tolita-Tumaco, siglo III a.C., en los deltas de los ríos Mira y Patía—, existen importantes vestigios arqueológicos que reflejan una estrecha relación de los pobladores precolombinos con este tipo de ambientes.

Aunque el asentamiento de poblaciones humanas en las zonas deltaicas, particularmente en las regiones tropicales, puede muchas veces estar acompañado de condiciones de riesgo e insalubridad —inundaciones, terrenos inestables, pantanos y mosquitos—, la variedad y abundancia de recursos que ofrecen, por lo general superan esos riesgos. Prueba de ello es que no menos de una octava parte de la población mundial vive en zonas deltaicas o en riberas de estuarios, ambientes que al permitir el aprovechamiento de sus recursos resuelven el problema de la subsistencia, ofrecen posibilidades económicas para sus habitantes a través del intercambio comercial con otras regiones y condicionan su modus vivendi y su cultura.

ACTIVIDADES AGROPECUARIAS EN LOS DELTAS

La acumulación de materia orgánica rica en nutrientes sobre los terrenos inundables de los deltas durante el proceso de su formación, debería propiciar el desarrollo de suelos altamente productivos para las prácticas agrícolas; sin embargo, debido a que su topografía es prácticamente plana y a que su nivel freático se encuentra a muy poca profundidad, estos suelos son por lo general mal drenados y retienen agua en exceso, lo que resulta inapropiado para la mayoría de los cultivos. Además, en deltas fuertemente influenciados por las mareas, los terrenos formados más recientemente por la progradación deltaica, suelen tener altos contenidos de sales que no son tolerables para la mayoría de las plantas, excepto para las halófilas. Por lo tanto, el aprovechamiento agrícola de los planos deltaicos es sólo posible en suelos bien drenados y a cierta distancia de la influencia marina. En muchos lugares del mundo los deltas constituyen áreas de intensa actividad agrícola, pero para ello los terrenos han tenido que ser previamente intervenidos, generalmente mediante la construcción de canales de desagüe y de diques.

La estrategia más obvia para obtener buenos cultivos en los planos deltaicos es la de seleccionar plantas especialmente adaptadas para crecer en suelos anegados. El arroz, en sus múltiples variedades, es el cultivo más amplio y más antiguo en los deltas tropicales y subtropicales. La especie más común, Oryza sativa, originaria de la India, donde hace unos 6.000 años ya se cultivaba en el delta del Ganges, se expandió más tarde por China y el sudeste asiático y desde allí por el resto del planeta, mientras que la especie africana Oryza glaberrima se extendió desde su foco original, el delta del Níger, hasta el Senegal entre 1500 y 800 a.C, pero nunca se desarrolló lejos de su zona de origen. En 1607 se introdujo por primera vez el cultivo del arroz en el delta del Ebro, sur de España, y durante el reinado de Carlos III se construyeron canales de irrigación y se otorgaron las primeras concesiones reales para desecar las Marismas. En muchas otras regiones del mundo el cultivo del arroz causó las primeras grandes modificaciones en la dinámica hidrológica de los deltas y en muchos casos se volvió más regular e independiente del régimen climático. En Colombia es cultivado en el actual delta del río Sinú, tanto como producto de pancoger, como de forma industrial a gran escala en los planos inundables.

El cultivo de arroz en los deltas ha dado origen a profundas transformaciones sociales, culturales y económicas. El ejemplo más ilustrativo es quizás el de Vietnam, donde la búsqueda de buenos campos generó grandes migraciones que desde el norte del país y portando su propia cultura, alcanzaron los deltas del sur y desarrollaron, a su vez, una arraigada cultura del arroz. Para los vietnamitas este cultivo no sólo es una forma de vida sino que sustenta una dependencia espiritual; de allí que cuando un campesino muere es enterrado en medio del arrozal. Según las creencias, su espíritu debe impregnarse del nuevo grano de arroz que será el alimento de futuras generaciones.

Los álamos, sauces y mimbres, de la familia de las salicáceas son árboles o arbustos cuyo cultivo se ha difundido en zonas deltaicas no tropicales. Su resistencia a períodos de anegamiento, su rápido crecimiento, la calidad de su madera apta para diversos usos y su capacidad de rebrote, los colocan en una situación ventajosa sobre otras alternativas de explotación comercial forestal en estos ambientes. El mimbre, con el que se elaboraban cestos y muebles en el antiguo Egipto, era explotado y quizás cultivado en el delta del Nilo. El delta del Paraná, donde existen actualmente unas 65.000 hectáreas con sauces, álamos y mimbre, es el principal abastecedor de pulpa de madera para papel periódico en la Argentina, país que es también el primer productor de mimbre en la región.

En terrenos bien drenados, elevados y con escasa influencia marina de los planos deltaicos es posible el cultivo de hortalizas, frutales y pastos para la ganadería, labor que es muy frecuente y se desarrolla en forma extensiva en las llanuras deltaicas secas y poco influenciadas por las mareas, como las del Sinú y el Magdalena en el Caribe colombiano, donde se nutre, en parte, de la vegetación halófila. De la palma naidí, especialmente adaptada a suelos inundables se extraen los palmitos y se elaboran jaleas y jugos; crece naturalmente en la zona contigua al manglar en los deltas del Pacífico colombiano y aunque su explotación ha sido predominantemente extractiva, en algunas áreas es cultivada en combinación con plátano y otros frutales.

La avicultura y la apicultura a pequeña escala son también prácticas frecuentes; la última fue introducida recientemente en la zona deltaica del río Sinú donde se produce la miel de mangle, muy apreciada en los mercados asiáticos.

LA RECOLECCIÓN DE MARISCOS

La recolección de mariscos o marisqueo, consiste en cosechar principalmente moluscos —almejas, berberechos, caracoles, mejillones, ostiones, ostras, pianguas— y crustáceos —camarones, cangrejos, langostas, percebes— manualmente o utilizando aparejos artesanales. Junto con la cacería y la recolección de frutos, es una práctica ancestral de la humanidad para la consecución de alimento. Los concheros o conchales, son montículos formados por conchas desechadas, que se encuentran en muchas zonas costeras, principalmente estuarinas, alrededor de todo el mundo y son un testimonio prehistórico del marisqueo. En Europa hay concheros que datan del Paleolítico, cuando grandes porciones del continente estaban ocupadas por los hielos de la glaciación; los estudios arqueológicos han demostrado que algunos de los asentamientos costeros de aquella época eran prácticamente permanentes, lo que indica que había tal cantidad de comida que no hacía falta trashumar para encontrarla, como sí debían hacerlo los pobladores del interior que dependían más de las estaciones, las migraciones de los animales y la fructificación de las plantas.

El marisqueo sigue siendo una práctica extendida en los estuarios, aunque en muchas áreas la contaminación de las aguas ha diezmado las existencias de mariscos o sus carnes han acumulado tal cantidad de tóxicos que su recolección y consumo han tenido que ser prohibidos. En otras áreas la recolección artesanal ha dado paso al cultivo más o menos tecnificado de camarones, mejillones y ostras.

La ostra del mangle, las almejas, el chipi chipi, el caracol pata de burro, las jaibas y el cangrejo azul son los principales mariscos de interés comercial recolectados en los estuarios del Caribe colombiano. Debido a la contaminación de las ciénagas y de las aguas costeras y de las alteraciones hidrológicas en los estuarios, especialmente en la Bahía de Cartagena, Ciénaga de La Virgen, Ciénaga de Mallorquín y Ciénaga Grande de Santa Marta, los volúmenes de cosecha de la mayoría de estos productos se han visto drásticamente afectados. Por ejemplo, las ostras de la Bahía de Cartagena y de la Ciénaga Grande de Santa Marta han desaparecido prácticamente de estos estuarios y sus carnes contienen tal cantidad de tóxicos y bacterias patógenas que no son aptas para el consumo humano.

El marisqueo en la costa del Pacífico colombiano es una actividad tradicional muy extendida y practicada casi exclusivamente por mujeres y niños. La variedad de moluscos recolectados es amplia; entre ellos se cuentan bivalvos como la piangua hembra, la piangua macho, la sangara o pata de mula, el mejillón, las cholgas, la miona, la almeja y el ostión; gasterópodos o caracoles como el piaquil, varias especies de camarón y langostino, cangrejos y jaibas.

Las piangüeras, mujeres dedicadas a la recoleccción de pianguas y otros mariscos, abandonan cada mañana los poblados en sus estrechas canoas de madera, llamadas localmente potrillos y reman por los esteros o distributarios de los deltas hasta los planos lodosos que colindan con el manglar para recoger su cosecha, aprovechando las horas de bajamar. En cada sitio se reúnen tres o cuatro mujeres que, acurrucadas sobre sus banquetas de madera y en torno a una olla de aluminio con brasas de leña y coco que humea para alejar los mosquitos, entonan canciones propias de esta labor, mientras escarban en el lodo y extraen los bivalvos. Cuando sube la marea e inunda los manglares, regresan a sus poblados con el producto dentro de cestos tejidos con palma de iraca; una parte es vendida a intermediarios que la transportan a los mercados de las ciudades y otra es consumida en el hogar.

LA PESCA

Entre el 50 y el 70% de los peces que son capturados artesanal o industrialmente en las zonas costeras del mundo tiene una relación estrecha con los estuarios, especialmente porque han pasado alguna etapa de su vida en las aguas salobres. Sin embargo, en este caso nos referiremos sólo a la pesca que se practica exclusivamente en los estuarios, ya sean lagunas costeras, albuferas, ciénagas, bahías o fiordos, labor que reviste ciertas particularidades, ya que generalmente se practica sobre especies cuya disponibilidad es muy variable en el tiempo y el espacio —visitantes marinas, residentes permanentes, visitantes de agua dulce y migratorias transitorias, catádromas y anádromas— y las artes y aparejos que se emplean están diseñados de acuerdo con las características del medio y el comportamiento de los recursos.

Con excepciones, como es el caso del Río de La Plata, un amplio golfo estuarino donde operan embarcaciones de considerable tamaño que transportan gran parte de los productos pesqueros de Argentina y Uruguay, la mayoría de los estuarios son cuerpos de agua relativamente confinados en espacios reducidos y de escasa profundidad, a veces de menos de 3 m en las albuferas y ciénagas. Por ello, en muchos estuarios la pesca la practican individuos o pequeños grupos que emplean aparejos artesanales y embarcaciones de tamaño reducido. El producto de sus capturas generalmente se comercializa en los mercados locales o es acopiado en bodegas operadas por cooperativas o por intermediarios que lo mercadean en las lonjas de pescado o lo venden directamente a las plantas procesadoras.

Uno de los métodos de pesca más extendidos en los estuarios deltaicos consiste en bloquear los canales o caños de acceso al mar o a otros caños, lagunas y ciénagas mediante redes fijas o movibles dispuestas al través, comúnmente llamadas trasmallos o mantas. Con ello se pretende interferir las rutas de migración de los peces dentro de los estuarios. En los que están fuertemente influenciados por el flujo y reflujo de las mareas, las condiciones de salinidad del agua en un mismo lugar suelen cambiar diariamente, lo que obliga a muchos peces a moverse siempre buscando las aguas que más les convienen desde el punto de vista fisiológico o las que poseen mayor cantidad de alimento, para lo cual tienen que tomar muchas veces rutas obligatorias, donde son interceptados por las redes. Esta práctica, cuando se realiza de manera intensiva y con redes de tramado muy denso, tiene consecuencias fatales para la sostenibilidad de la pesca, ya que puede interferir significativamente en los ciclos migratorios obligados que realizan las especies para reproducirse. De esta manera se ha provocado el colapso de las pesquerías en muchos estuarios, como en las albuferas de Chilka y Pulicat, en la India.

Los trasmallos son un arte de pesca también muy común en los estuarios colombianos, principalmente en las lagunas costeras del Caribe, como la Ciénaga Grande de Santa Marta. Allí, estas redes no sólo se disponen atravesando los caños que conectan los distintos cuerpos de agua, sino también en medio de éstos, donde los amplios espacios disponibles permiten calar redes que en ocasiones alcanzan extensiones de varios cientos de metros. En contraste con el trasmallo, que es un método pasivo, el empleo de la atarraya, red circular lastrada a lo largo de su circunferencia y que es extendida sobre el agua al ser lanzada por un individuo desde una embarcación o desde la orilla, requiere de permanente esfuerzo físico y destreza, pues el pescador debe escudriñar constantemente el agua para detectar la presencia de peces en un área de poca profundidad sobre la cual lanzará la red; luego debe cuidadosamente cerrar el cerco desde el centro para evitar que escapen los peces que han quedado atrapados. Otros métodos son los boliches y chinchorros, redes semicirculares que son haladas por sus extremos desde tierra y las nasas, especie de jaulas con cebo en su interior, que permiten la entrada pero impiden la salida de peces y jaibas.

Entre las principales especies de peces capturadas artesanalmente en las zonas estuarinas del Caribe colombiano figuran los barbudos, el chivo cabezón, el chivo mapalé, róbalos, mojarras, lisas y lebranche, sábalo, macabí y conchuas o achovetas. En años recientes se han incrementado las capturas de tilapia, un pez dulceacuícola de origen africano, tolerante a las aguas salobres, que fue introducido en varias ciénagas y lagunas costeras del Caribe colombiano.

En los estuarios deltaicos de la costa del Pacífico, son abundantes la carduma, el bagreñato, el canchimalo, varias especies de corvinas o peladas y los roncadores; también son frecuentes en las capturas, rayas y tiburones, incluyendo los martillos.

LA ACUICULTURA


Por acuicultura se entiende la cría y recolección en estanques, acequias, represas y lagos o en cercados de lagunas costeras, estuarios y bahías, de peces, moluscos y algas, entre otros, para consumo humano. La maricultura se refiere a la acuicultura que es practicada específicamente en cuerpos de agua estuarinos y marinos.

Por sus propiedades como zonas de alta productividad biológica y criaderos naturales, los estuarios ofrecen la oportunidad de ser aprovechados por el hombre para cultivar especies que de manera natural se desarrollan fácilmente en este tipo de ecosistemas. Mediante técnicas adecuadas, el cultivo en cautiverio, orientado a la repoblación de especies que son objeto de la pesca tradicional, permite mantener la densidad de individuos en niveles adecuados para el uso sostenible.

Esta práctica se ha realizado desde tiempos muy antiguos en el Lejano Oriente, gracias a lo cual se ha logrado un aporte significativo para la disponibilidad de alimentos en esa parte del mundo. Desde hace centenares de años, en Indonesia se construyen estanques, llamados tambaks para criar sabalotes en zonas de manglares a lo largo de caños y ciénagas estuarinas, lo que ha dado origen a una rica tradición de maricultura artesanal.

La cría de especies se practica de varias formas, de acuerdo con los organismos que han de cultivarse: directamente sobre el fondo, en jaulas suspendidas en el agua y en balsas con material de soporte. Sobre los fondos lodosos de los estuarios tropicales es posible el cultivo de almejas y otros bivalvos, como ocurre exitosamente en Indonesia, Filipinas y otros países asiáticos, con las granjas de cultivo del arca, una especie similar a la piangua. Sin embargo, los ensayos experimentales realizados en Colombia para el cultivo de la piangua mostraron que el crecimiento de la especie es demasiado lento —1 mm/mes— y la talla comercial de 64 mm sólo se alcanza a los cuatro años, lo cual no la hace atractiva para cultivo. En algunos países asiáticos, principalmente en Japón, en los fondos rocosos de los estuarios se cultivan ciertas algas muy apreciadas en la culinaria.

Cada vez es mayor el cultivo de peces, incluyendo lubinas y meros, en jaulas suspendidas en las aguas de los estuarios. En Colombia, apenas se han realizado experiencias exitosas con la tilapia en la Ciénaga Grande de Santa Marta que sin embargo, no fueron implementadas a mayor escala y la introducción de la especie causó su expansión en vida libre por los cuerpos de agua aledaños, de manera que pasó a ser parte de las capturas de la pesca artesanal. La maricultura intensiva de peces en jaulas tiene dos inconvenientes: depende del suministro de grandes cantidades de alimento y la elevada densidad de peces genera una forma de contaminación conocida como eutrofización, debido a la producción de excrementos y otras sustancias. Las granjas de cultivo de salmones, tan extendidas en Alaska y el sur de Chile, han generado problemas de contaminación en los estuarios aledaños.

El cultivo de bivalvos sésiles como mejillones, ostras y ostiones, en balsas flotantes de las que penden estructuras con un sustrato adecuado para la fijación de los animales, es una de las formas de maricultura más exitosa, rentable y amigable con el ambiente. Por lo general, los huevos de estas especies son fertilizados y los juveniles son incubados bajo condiciones controladas en laboratorios; luego, los ejemplares son llevados a su madurez en el estuario, para lo cual pueden ser colocados en nasas, sobre bandejas o adheridos a cuerdas que cuelgan en la columna de agua. Dado que los bivalvos para alimentarse filtran el plancton acarreado por las mareas y las corrientes, no se requiere el suministro de alimento adicional y sólo basta esperar que los animales adquieran la talla comercial para ser cosechados. Una gran proporción de los mejillones y ostras que son consumidos por la población mundial proviene actualmente de cultivos en estuarios.

La ostra del mangle ha sido objeto de cultivos experimentales en algunos estuarios del Caribe colombiano, como la Ciénaga Grande de Santa Marta y la Bahía de Cispatá; se demostró que en tan sólo ocho meses alcanzaron su talla comercial y se registró muy poca mortalidad. A pesar de los buenos resultados, no se han implementado aún cultivos a escala comercial. Las ostras del Pacífico colombiano, que también han sido estudiadas en cuanto a su viabilidad de cultivo, arrojaron datos promisorios en cuanto a las tasas de crecimiento; sin embargo, la poca abundancia de ostras en el medio natural es un impedimento para la obtención de larvas y juveniles en cantidades suficientes para iniciar los cultivos.

Otra modalidad de acuicultura es la que se desarrolla, no ya en las aguas estuarinas, sino en los terrenos deltaicos, utilizando estanques o piscinas artificiales. En este caso los cultivos son de camarones y langostinos, debido a la fuerte demanda y al elevado precio. El método se fundamenta en el aprovechamiento de los primeros estadios del ciclo vital de las especies que ingresan en las áreas estuarinas y su reclusión en estanques, donde se desarrollan hasta que alcanzan la talla comercial.

En varios países en desarrollo, grandes extensiones de manglar han sido transformadas en estanques para la cría de camarones, lo cual, sumado a las descargas al estuario de aguas contaminadas con los desechos orgánicos que se producen en el proceso, ha perturbado la capacidad productiva del ecosistema y causado su degradación, con nefastas consecuencias para los pescadores artesanales.

Esta práctica se desarrolló también en Colombia de manera vertiginosa y poco controlada desde hace tres décadas, tanto en las costas del Pacífico como en las del Caribe, en general, en terrenos de poco valor ocupados por manglares. Las especies cultivadas son primordialmente el camarón blanco y el camarón azul. Sin embargo, debido a la mala planificación ambiental y a epidemias que afectaron en forma recurrente a los camarones, la rentabilidad se vio tan reducida, que actualmente muchos estanques han sido abandonados o reconvertidos para la piscicultura de tilapias. También en muchas otras zonas del mundo, el cultivo de camarones realizado sobre terrenos que tenían manglares ha demostrado ser una actividad no sostenible, que genera buenos rendimientos económicos sólo durante unos cuantos años, pero que no compensa los daños ecológicos que produce, debido, en gran parte, a que los suelos donde prosperan los manglares son de naturaleza ácida y ricos en materia orgánica, pirita y sulfato de hierro, los cuales liberan compuestos tóxicos. Paulatinamente se reduce la rentabilidad de los estanques, pues con el tiempo su productividad se va menguando y se requiere recambiar el agua cada vez más frecuentemente y aplicar mayor cantidad de fertilizantes.

PRODUCTOS DEL MANGLE


Los manglares, además de proteger las costas de la erosión provocada por los huracanes y tormentas, han proporcionado desde siempre multitud de recursos a las poblaciones locales; los usos más comunes son la extracción de leña y materiales para viviendas.

La madera de mangle rojo que no es muy apreciada en construcción, debido a su tendencia a rajarse o curvarse cuando se seca y a que es densa y difícil de trabajar, suele ser empleada en fabricar embarcaciones, estacas y postes. La del mangle negro tiene una mayor densidad y es a menudo utilizada para hacer durmientes de ferrocarril, vigas en minas subterráneas y postes.

Quizás el uso más extendido de los mangles es como combustible —leña o carbón—. El mangle rojo, en particular, posee una madera muy apreciada para la producción del carbón vegetal que se emplea en la cocción de alimentos y en pequeñas industrias artesanales. En algunas regiones del mundo, como en Malasia e Indonesia, hasta hace poco existieron grandes concesiones con el fin de explotar los manglares para la fabricación de pulpa y derivados de la celulosa utilizados en la industria textil.

La corteza del mangle rojo produce un excelente tanino para curtir cueros y tratar y tinturar las redes de pesca confeccionadas con fibras naturales, de manera que sean más resistentes. Sin embargo, la demanda de taninos ha disminuido considerablemente en los últimos años debido a la utilización del nylon en la fabricación de redes y del cromo como principal agente de conservación del cuero.

DELTAS E HIDROCARBUROS

Los deltas generalmente se desarrollan en importantes cuencas sedimentarias, favorables al depósito, maduracion y entrampamiento de hidrocarburos, por lo cual el papel económico de las áreas deltaicas ha adquirido una importancia inmensa.

El petróleo y el gas natural, llamados combustibles fósiles, están constituidos casi exclusivamente por hidrocarburos, es decir, son compuestos orgánicos más o menos complejos, de carbono e hidrógeno, mezclados en proporciones diversas entre sí, y con otros compuestos químicos. Estos hidrocarburos se originan como un paso intermedio de la degradación de la materia orgánica —restos vegetales y de microorganismos— que ha sido acumulada y compactada bajo capas de rocas y sedimentos. Para ser extraíbles por bombeo, estos hidrocarburos deben migrar a rocas porosas y permeables y quedar atrapados por pliegues de las rocas u otro mecanismo —trampas petrolíferas— que impida que continúen su migración.

Marismas, manglares, ciénagas, zonas pantanosas y en general los ambientes asociados a los deltas, son ambientes sedimentarios donde se acumulan grandes cantidades de materia orgánica y por lo tanto lugares favorables para la formación de depósitos de hidrocarburos. La exploración y explotación de éstos, en muchos deltas del mundo se ha intensificado en los últimos años; por ejemplo, las regiones deltaicas de los ríos Níger, en Nigeria, Mackenzie, en Canadá, y Orinoco, en Venezuela, han sido convertidas en extensos campos de extracción petrolera. En Colombia se han detectado posibles yacimientos promisorios en algunas áreas de la llanura del Caribe, asociadas a ambientes sedimentarios originados en deltas antiguos que fueron formados por sistemas fluviales, los cuales desembocaban en las zonas lacustres localizadas en inmediaciones de lo que se conoce como la Depresión Momposina.

 
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