Los
estuarios
y deltas
de los grandes ríos del mundo han estado íntimamente
ligados a la historia de diversos pueblos y culturas;
los deltas,
en particular, han sido escenarios propicios para el desarrollo
de asentamientos humanos, puesto que combinan las ventajas
de la cercanía del mar como medio de producción
y acceso a otras comunidades, con las que ofrece el río
en cuanto a transporte, productividad agrícola,
acuícola, energética y de agua potable.
La gran mayoría de los deltas
que conocemos en la actualidad surgieron hace menos de
12.000 años, cuando empezaron a derretirse los
glaciares de la última glaciación y subió
el nivel del mar, muchos de ellos tienen un origen que
no se remonta más allá de 4.000 años.
No obstante las diferencias en su edad geológica,
no es coincidencia que en muchos deltas
se hallen los primeros testimonios de actividades humanas.
En los climas templados húmedos, algunas zonas
deltaicas se han convertido en turberas elevadas: las
condiciones de grandes cúpulas de turba cubierta
de musgos, han favorecido la conservación de testimonios
de la evolución del medio natural y de una serie
de objetos arqueológicos que van desde estructuras
y objetos de cerámica y madera, hasta restos humanos
y de alimentos; los hallazgos arqueológicos en
los deltas del Nilo y el Congo en África, del Ganges
y el Yangtsé en Asia, del Ebro, el Danubio y el
Rin en Europa, y del Mississipi, el Colorado, el Orinoco
y el Paraná en América, son ejemplos bien
documentados.
De Puerto Hormiga, cerca de la desembocadura del Canal
del Dique, un distributario del río Magdalena en
la costa Caribe de Colombia, proviene la cerámica
más antigua de América encontrada hasta
el momento, con una edad aproximada de 5.000 años.
También en otras zonas deltaicas colombianas, tanto
del Caribe —concheros de la Ciénaga Grande
de Santa Marta y delta del río Sinú—,
como del Pacífico —concheros y cerámica
de la cultura Tolita-Tumaco, siglo III a.C., en los deltas
de los ríos Mira y Patía—, existen
importantes vestigios arqueológicos que reflejan
una estrecha relación de los pobladores precolombinos
con este tipo de ambientes.
Aunque el asentamiento de poblaciones humanas en las zonas
deltaicas, particularmente en las regiones tropicales,
puede muchas veces estar acompañado de condiciones
de riesgo e insalubridad —inundaciones, terrenos
inestables, pantanos y mosquitos—, la variedad y
abundancia de recursos que ofrecen, por lo general superan
esos riesgos. Prueba de ello es que no menos de una octava
parte de la población mundial vive en zonas deltaicas
o en riberas de estuarios,
ambientes que al permitir el aprovechamiento de sus recursos
resuelven el problema de la subsistencia, ofrecen posibilidades
económicas para sus habitantes a través
del intercambio comercial con otras regiones y condicionan
su modus vivendi y su cultura.
ACTIVIDADES AGROPECUARIAS
EN LOS DELTAS
La acumulación de materia orgánica rica
en nutrientes sobre los terrenos inundables de los deltas
durante el proceso de su formación, debería
propiciar el desarrollo de suelos altamente productivos
para las prácticas agrícolas; sin embargo,
debido a que su topografía es prácticamente
plana y a que su nivel freático se encuentra a
muy poca profundidad, estos suelos son por lo general
mal drenados y retienen agua en exceso, lo que resulta
inapropiado para la mayoría de los cultivos. Además,
en deltas fuertemente influenciados por las mareas, los
terrenos formados más recientemente por la progradación
deltaica, suelen tener altos contenidos de sales que no
son tolerables para la mayoría de las plantas,
excepto para las halófilas.
Por lo tanto, el aprovechamiento agrícola de los
planos deltaicos es sólo posible en suelos bien
drenados y a cierta distancia de la influencia marina.
En muchos lugares del mundo los deltas
constituyen áreas de intensa actividad agrícola,
pero para ello los terrenos han tenido que ser previamente
intervenidos, generalmente mediante la construcción
de canales de desagüe y de diques.
La estrategia más obvia para obtener buenos cultivos
en los planos deltaicos es la de seleccionar plantas especialmente
adaptadas para crecer en suelos anegados. El arroz, en
sus múltiples variedades, es el cultivo más
amplio y más antiguo en los deltas tropicales y
subtropicales. La especie más común, Oryza
sativa, originaria de la India, donde hace unos 6.000
años ya se cultivaba en el delta del Ganges, se
expandió más tarde por China y el sudeste
asiático y desde allí por el resto del planeta,
mientras que la especie africana Oryza glaberrima se extendió
desde su foco original, el delta
del Níger, hasta el Senegal entre 1500 y 800 a.C,
pero nunca se desarrolló lejos de su zona de origen.
En 1607 se introdujo por primera vez el cultivo del arroz
en el delta del Ebro, sur de España, y durante
el reinado de Carlos III se construyeron canales de irrigación
y se otorgaron las primeras concesiones reales para desecar
las Marismas. En muchas otras regiones del mundo el cultivo
del arroz causó las primeras grandes modificaciones
en la dinámica hidrológica de los deltas
y en muchos casos se volvió más regular
e independiente del régimen climático. En
Colombia es cultivado en el actual delta del río
Sinú, tanto como producto de pancoger, como de
forma industrial a gran escala en los planos inundables.
El cultivo de arroz en los deltas
ha dado origen a profundas transformaciones sociales,
culturales y económicas. El ejemplo más
ilustrativo es quizás el de Vietnam, donde la búsqueda
de buenos campos generó grandes migraciones que
desde el norte del país y portando su propia cultura,
alcanzaron los deltas del sur y desarrollaron, a su vez,
una arraigada cultura del arroz. Para los vietnamitas
este cultivo no sólo es una forma de vida sino
que sustenta una dependencia espiritual; de allí
que cuando un campesino muere es enterrado en medio del
arrozal. Según las creencias, su espíritu
debe impregnarse del nuevo grano de arroz que será
el alimento de futuras generaciones.
Los álamos, sauces y mimbres, de la familia de
las salicáceas son árboles o arbustos cuyo
cultivo se ha difundido en zonas deltaicas no tropicales.
Su resistencia a períodos de anegamiento, su rápido
crecimiento, la calidad de su madera apta para diversos
usos y su capacidad de rebrote, los colocan en una situación
ventajosa sobre otras alternativas de explotación
comercial forestal en estos ambientes. El mimbre, con
el que se elaboraban cestos y muebles en el antiguo Egipto,
era explotado y quizás cultivado en el delta del
Nilo. El delta
del Paraná, donde existen actualmente unas 65.000
hectáreas con sauces, álamos y mimbre, es
el principal abastecedor de pulpa de madera para papel
periódico en la Argentina, país que es también
el primer productor de mimbre en la región.
En terrenos bien drenados, elevados y con escasa influencia
marina de los planos deltaicos es posible el cultivo de
hortalizas, frutales y pastos para la ganadería,
labor que es muy frecuente y se desarrolla en forma extensiva
en las llanuras deltaicas secas y poco influenciadas por
las mareas, como las del Sinú y el Magdalena en
el Caribe colombiano, donde se nutre, en parte, de la
vegetación halófila. De la palma naidí,
especialmente adaptada a suelos inundables se extraen
los palmitos y se elaboran jaleas y jugos; crece naturalmente
en la zona contigua al manglar en los deltas del Pacífico
colombiano y aunque su explotación ha sido predominantemente
extractiva, en algunas áreas es cultivada en combinación
con plátano y otros frutales.
La avicultura y la apicultura a pequeña escala
son también prácticas frecuentes; la última
fue introducida recientemente en la zona deltaica del
río Sinú donde se produce la miel de mangle,
muy apreciada en los mercados asiáticos.
LA RECOLECCIÓN
DE MARISCOS
La recolección de mariscos o marisqueo, consiste
en cosechar principalmente moluscos —almejas, berberechos,
caracoles, mejillones, ostiones, ostras, pianguas—
y crustáceos —camarones, cangrejos, langostas,
percebes— manualmente o utilizando aparejos artesanales.
Junto con la cacería y la recolección de
frutos, es una práctica ancestral de la humanidad
para la consecución de alimento. Los concheros
o conchales, son montículos formados por conchas
desechadas, que se encuentran en muchas zonas costeras,
principalmente estuarinas, alrededor de todo el mundo
y son un testimonio prehistórico del marisqueo.
En Europa hay concheros que datan del Paleolítico,
cuando grandes porciones del continente estaban ocupadas
por los hielos de la glaciación; los estudios arqueológicos
han demostrado que algunos de los asentamientos costeros
de aquella época eran prácticamente permanentes,
lo que indica que había tal cantidad de comida
que no hacía falta trashumar para encontrarla,
como sí debían hacerlo los pobladores del
interior que dependían más de las estaciones,
las migraciones de los animales y la fructificación
de las plantas.
El marisqueo sigue siendo una práctica extendida
en los estuarios,
aunque en muchas áreas la contaminación
de las aguas ha diezmado las existencias de mariscos o
sus carnes han acumulado tal cantidad de tóxicos
que su recolección y consumo han tenido que ser
prohibidos. En otras áreas la recolección
artesanal ha dado paso al cultivo más o menos tecnificado
de camarones, mejillones y ostras.
La ostra del mangle, las almejas, el chipi chipi, el caracol
pata de burro, las jaibas y el cangrejo azul son los principales
mariscos de interés comercial recolectados en los
estuarios del Caribe colombiano. Debido a la contaminación
de las ciénagas y de las aguas costeras y de las
alteraciones hidrológicas en los estuarios, especialmente
en la Bahía de Cartagena, Ciénaga de La
Virgen, Ciénaga de Mallorquín y Ciénaga
Grande de Santa Marta, los volúmenes de cosecha
de la mayoría de estos productos se han visto drásticamente
afectados. Por ejemplo, las ostras de la Bahía
de Cartagena y de la Ciénaga Grande de Santa Marta
han desaparecido prácticamente de estos estuarios
y sus carnes contienen tal cantidad de tóxicos
y bacterias patógenas que no son aptas para el
consumo humano.
El marisqueo en la costa del Pacífico colombiano
es una actividad tradicional muy extendida y practicada
casi exclusivamente por mujeres y niños. La variedad
de moluscos recolectados es amplia; entre ellos se cuentan
bivalvos como la piangua hembra, la piangua macho, la
sangara o pata de mula, el mejillón, las cholgas,
la miona, la almeja y el ostión; gasterópodos
o caracoles como el piaquil, varias especies de camarón
y langostino, cangrejos y jaibas.
Las piangüeras, mujeres dedicadas a la recoleccción
de pianguas y otros mariscos, abandonan cada mañana
los poblados en sus estrechas canoas de madera, llamadas
localmente potrillos y reman por los esteros o distributarios
de los deltas hasta los planos lodosos que colindan con
el manglar para recoger su cosecha, aprovechando las horas
de bajamar. En cada sitio se reúnen tres o cuatro
mujeres que, acurrucadas sobre sus banquetas de madera
y en torno a una olla de aluminio con brasas de leña
y coco que humea para alejar los mosquitos, entonan canciones
propias de esta labor, mientras escarban en el lodo y
extraen los bivalvos. Cuando sube la marea e inunda los
manglares, regresan a sus poblados con el producto dentro
de cestos tejidos con palma de iraca; una parte es vendida
a intermediarios que la transportan a los mercados de
las ciudades y otra es consumida en el hogar.
LA PESCA
Entre el 50 y el 70% de los peces que son capturados artesanal
o industrialmente en las zonas costeras del mundo tiene
una relación estrecha con los estuarios,
especialmente porque han pasado alguna etapa de su vida
en las aguas salobres. Sin embargo, en este caso nos referiremos
sólo a la pesca que se practica exclusivamente
en los estuarios,
ya sean lagunas costeras, albuferas,
ciénagas, bahías o fiordos,
labor que reviste ciertas particularidades, ya que generalmente
se practica sobre especies cuya disponibilidad es muy
variable en el tiempo y el espacio —visitantes marinas,
residentes permanentes, visitantes de agua dulce y migratorias
transitorias, catádromas
y anádromas—
y las artes y aparejos que se emplean están diseñados
de acuerdo con las características del medio y
el comportamiento de los recursos.
Con excepciones, como es el caso del Río de La
Plata, un amplio golfo estuarino donde operan embarcaciones
de considerable tamaño que transportan gran parte
de los productos pesqueros de Argentina y Uruguay, la
mayoría de los estuarios
son cuerpos de agua relativamente confinados en espacios
reducidos y de escasa profundidad, a veces de menos de
3 m en las albuferas
y ciénagas. Por ello, en muchos estuarios la pesca
la practican individuos o pequeños grupos que emplean
aparejos artesanales y embarcaciones de tamaño
reducido. El producto de sus capturas generalmente se
comercializa en los mercados locales o es acopiado en
bodegas operadas por cooperativas o por intermediarios
que lo mercadean en las lonjas de pescado o lo venden
directamente a las plantas procesadoras.
Uno de los métodos de pesca más extendidos
en los estuarios deltaicos consiste en bloquear los canales
o caños de acceso al mar o a otros caños,
lagunas y ciénagas mediante redes fijas o movibles
dispuestas al través, comúnmente llamadas
trasmallos o mantas. Con ello se pretende interferir las
rutas de migración de los peces dentro de los estuarios.
En los que están fuertemente influenciados por
el flujo y reflujo de las mareas, las condiciones de salinidad
del agua en un mismo lugar suelen cambiar diariamente,
lo que obliga a muchos peces a moverse siempre buscando
las aguas que más les convienen desde el punto
de vista fisiológico o las que poseen mayor cantidad
de alimento, para lo cual tienen que tomar muchas veces
rutas obligatorias, donde son interceptados por las redes.
Esta práctica, cuando se realiza de manera intensiva
y con redes de tramado muy denso, tiene consecuencias
fatales para la sostenibilidad de la pesca, ya que puede
interferir significativamente en los ciclos migratorios
obligados que realizan las especies para reproducirse.
De esta manera se ha provocado el colapso de las pesquerías
en muchos estuarios,
como en las albuferas
de Chilka y Pulicat, en la India.
Los trasmallos son un arte de pesca también muy
común en los estuarios
colombianos, principalmente en las lagunas costeras del
Caribe, como la Ciénaga Grande de Santa Marta.
Allí, estas redes no sólo se disponen atravesando
los caños que conectan los distintos cuerpos de
agua, sino también en medio de éstos, donde
los amplios espacios disponibles permiten calar redes
que en ocasiones alcanzan extensiones de varios cientos
de metros. En contraste con el trasmallo, que es un método
pasivo, el empleo de la atarraya, red circular lastrada
a lo largo de su circunferencia y que es extendida sobre
el agua al ser lanzada por un individuo desde una embarcación
o desde la orilla, requiere de permanente esfuerzo físico
y destreza, pues el pescador debe escudriñar constantemente
el agua para detectar la presencia de peces en un área
de poca profundidad sobre la cual lanzará la red;
luego debe cuidadosamente cerrar el cerco desde el centro
para evitar que escapen los peces que han quedado atrapados.
Otros métodos son los boliches y chinchorros, redes
semicirculares que son haladas por sus extremos desde
tierra y las nasas, especie de jaulas con cebo en su interior,
que permiten la entrada pero impiden la salida de peces
y jaibas.
Entre las principales especies de peces capturadas artesanalmente
en las zonas estuarinas del Caribe colombiano figuran
los barbudos, el chivo cabezón, el chivo mapalé,
róbalos, mojarras, lisas y lebranche, sábalo,
macabí y conchuas o achovetas. En años recientes
se han incrementado las capturas de tilapia, un pez dulceacuícola
de origen africano, tolerante a las aguas salobres, que
fue introducido en varias ciénagas y lagunas costeras
del Caribe colombiano.
En los estuarios
deltaicos de la costa del Pacífico, son abundantes
la carduma, el bagreñato, el canchimalo, varias
especies de corvinas o peladas y los roncadores; también
son frecuentes en las capturas, rayas y tiburones, incluyendo
los martillos.
LA ACUICULTURA
Por acuicultura se entiende la cría y recolección
en estanques, acequias,
represas y lagos o en cercados de lagunas costeras, estuarios
y bahías, de peces, moluscos y algas, entre otros,
para consumo humano. La maricultura se refiere a la acuicultura
que es practicada específicamente en cuerpos de
agua estuarinos y marinos.
Por sus propiedades como zonas de alta productividad biológica
y criaderos naturales, los estuarios ofrecen la oportunidad
de ser aprovechados por el hombre para cultivar especies
que de manera natural se desarrollan fácilmente
en este tipo de ecosistemas. Mediante técnicas
adecuadas, el cultivo en cautiverio, orientado a la repoblación
de especies que son objeto de la pesca tradicional, permite
mantener la densidad de individuos en niveles adecuados
para el uso sostenible.
Esta práctica se ha realizado desde tiempos muy
antiguos en el Lejano Oriente, gracias a lo cual se ha
logrado un aporte significativo para la disponibilidad
de alimentos en esa parte del mundo. Desde hace centenares
de años, en Indonesia se construyen estanques,
llamados tambaks para criar sabalotes en zonas de manglares
a lo largo de caños y ciénagas estuarinas,
lo que ha dado origen a una rica tradición de maricultura
artesanal.
La cría de especies se practica de varias formas,
de acuerdo con los organismos que han de cultivarse: directamente
sobre el fondo, en jaulas suspendidas en el agua y en
balsas con material de soporte. Sobre los fondos lodosos
de los estuarios tropicales es posible el cultivo de almejas
y otros bivalvos, como ocurre exitosamente en Indonesia,
Filipinas y otros países asiáticos, con
las granjas de cultivo del arca, una especie similar a
la piangua. Sin embargo, los ensayos experimentales realizados
en Colombia para el cultivo de la piangua mostraron que
el crecimiento de la especie es demasiado lento —1
mm/mes— y la talla comercial de 64 mm sólo
se alcanza a los cuatro años, lo cual no la hace
atractiva para cultivo. En algunos países asiáticos,
principalmente en Japón, en los fondos rocosos
de los estuarios se cultivan ciertas algas muy apreciadas
en la culinaria.
Cada vez es mayor el cultivo de peces, incluyendo lubinas
y meros, en jaulas suspendidas en las aguas de los estuarios.
En Colombia, apenas se han realizado experiencias exitosas
con la tilapia en la Ciénaga Grande de Santa Marta
que sin embargo, no fueron implementadas a mayor escala
y la introducción de la especie causó su
expansión en vida libre por los cuerpos de agua
aledaños, de manera que pasó a ser parte
de las capturas de la pesca artesanal. La maricultura
intensiva de peces en jaulas tiene dos inconvenientes:
depende del suministro de grandes cantidades de alimento
y la elevada densidad de peces genera una forma de contaminación
conocida como eutrofización,
debido a la producción de excrementos y otras sustancias.
Las granjas de cultivo de salmones, tan extendidas en
Alaska y el sur de Chile, han generado problemas de contaminación
en los estuarios aledaños.
El cultivo de bivalvos sésiles
como mejillones, ostras y ostiones, en balsas flotantes
de las que penden estructuras con un sustrato adecuado
para la fijación de los animales, es una de las
formas de maricultura más exitosa, rentable y amigable
con el ambiente. Por lo general, los huevos de estas especies
son fertilizados y los juveniles son incubados bajo condiciones
controladas en laboratorios; luego, los ejemplares son
llevados a su madurez en el estuario,
para lo cual pueden ser colocados en nasas, sobre bandejas
o adheridos a cuerdas que cuelgan en la columna de agua.
Dado que los bivalvos para alimentarse filtran el plancton
acarreado por las mareas y las corrientes, no se requiere
el suministro de alimento adicional y sólo basta
esperar que los animales adquieran la talla comercial
para ser cosechados. Una gran proporción de los
mejillones y ostras que son consumidos por la población
mundial proviene actualmente de cultivos en estuarios.
La ostra del mangle ha sido objeto de cultivos experimentales
en algunos estuarios
del Caribe colombiano, como la Ciénaga Grande de
Santa Marta y la Bahía de Cispatá; se demostró
que en tan sólo ocho meses alcanzaron su talla
comercial y se registró muy poca mortalidad. A
pesar de los buenos resultados, no se han implementado
aún cultivos a escala comercial. Las ostras del
Pacífico colombiano, que también han sido
estudiadas en cuanto a su viabilidad de cultivo, arrojaron
datos promisorios en cuanto a las tasas de crecimiento;
sin embargo, la poca abundancia de ostras en el medio
natural es un impedimento para la obtención de
larvas y juveniles en cantidades suficientes para iniciar
los cultivos.
Otra modalidad de acuicultura es la que se desarrolla,
no ya en las aguas estuarinas, sino en los terrenos deltaicos,
utilizando estanques o piscinas artificiales. En este
caso los cultivos son de camarones y langostinos, debido
a la fuerte demanda y al elevado precio. El método
se fundamenta en el aprovechamiento de los primeros estadios
del ciclo vital de las especies que ingresan en las áreas
estuarinas y su reclusión en estanques, donde se
desarrollan hasta que alcanzan la talla comercial.
En varios países en desarrollo, grandes extensiones
de manglar han sido transformadas en estanques para la
cría de camarones, lo cual, sumado a las descargas
al estuario de aguas contaminadas con los desechos orgánicos
que se producen en el proceso, ha perturbado la capacidad
productiva del ecosistema y causado su degradación,
con nefastas consecuencias para los pescadores artesanales.
Esta práctica se desarrolló también
en Colombia de manera vertiginosa y poco controlada desde
hace tres décadas, tanto en las costas del Pacífico
como en las del Caribe, en general, en terrenos de poco
valor ocupados por manglares. Las especies cultivadas
son primordialmente el camarón blanco y el camarón
azul. Sin embargo, debido a la mala planificación
ambiental y a epidemias que afectaron en forma recurrente
a los camarones, la rentabilidad se vio tan reducida,
que actualmente muchos estanques han sido abandonados
o reconvertidos para la piscicultura de tilapias. También
en muchas otras zonas del mundo, el cultivo de camarones
realizado sobre terrenos que tenían manglares ha
demostrado ser una actividad no sostenible, que genera
buenos rendimientos económicos sólo durante
unos cuantos años, pero que no compensa los daños
ecológicos que produce, debido, en gran parte,
a que los suelos donde prosperan los manglares son de
naturaleza ácida y ricos en materia orgánica,
pirita y sulfato de hierro, los cuales liberan compuestos
tóxicos. Paulatinamente se reduce la rentabilidad
de los estanques, pues con el tiempo su productividad
se va menguando y se requiere recambiar el agua cada vez
más frecuentemente y aplicar mayor cantidad de
fertilizantes.
PRODUCTOS DEL MANGLE
Los manglares, además de proteger las costas de
la erosión provocada por los huracanes y tormentas,
han proporcionado desde siempre multitud de recursos a
las poblaciones locales; los usos más comunes son
la extracción de leña y materiales para
viviendas.
La madera de mangle rojo que no es muy apreciada en construcción,
debido a su tendencia a rajarse o curvarse cuando se seca
y a que es densa y difícil de trabajar, suele ser
empleada en fabricar embarcaciones, estacas y postes.
La del mangle negro tiene una mayor densidad y es a menudo
utilizada para hacer durmientes de ferrocarril, vigas
en minas subterráneas y postes.
Quizás el uso más extendido de los mangles
es como combustible —leña o carbón—.
El mangle rojo, en particular, posee una madera muy apreciada
para la producción del carbón vegetal que
se emplea en la cocción de alimentos y en pequeñas
industrias artesanales. En algunas regiones del mundo,
como en Malasia e Indonesia, hasta hace poco existieron
grandes concesiones con el fin de explotar los manglares
para la fabricación de pulpa y derivados de la
celulosa utilizados en la industria textil.
La corteza del mangle rojo produce un excelente tanino
para curtir cueros y tratar y tinturar las redes de pesca
confeccionadas con fibras naturales, de manera que sean
más resistentes. Sin embargo, la demanda de taninos
ha disminuido considerablemente en los últimos
años debido a la utilización del nylon en
la fabricación de redes y del cromo como principal
agente de conservación del cuero.
DELTAS E HIDROCARBUROS
Los deltas
generalmente se desarrollan en importantes cuencas sedimentarias,
favorables al depósito, maduracion y entrampamiento
de hidrocarburos, por lo cual el papel económico
de las áreas deltaicas ha adquirido una importancia
inmensa.
El petróleo y el gas natural, llamados combustibles
fósiles, están constituidos casi exclusivamente
por hidrocarburos, es decir, son compuestos orgánicos
más o menos complejos, de carbono e hidrógeno,
mezclados en proporciones diversas entre sí, y
con otros compuestos químicos. Estos hidrocarburos
se originan como un paso intermedio de la degradación
de la materia orgánica —restos vegetales
y de microorganismos— que ha sido acumulada y compactada
bajo capas de rocas y sedimentos. Para ser extraíbles
por bombeo, estos hidrocarburos deben migrar a rocas porosas
y permeables y quedar atrapados por pliegues de las rocas
u otro mecanismo —trampas petrolíferas—
que impida que continúen su migración.
Marismas, manglares, ciénagas, zonas pantanosas
y en general los ambientes asociados a los deltas,
son ambientes sedimentarios donde se acumulan grandes
cantidades de materia orgánica y por lo tanto lugares
favorables para la formación de depósitos
de hidrocarburos. La exploración y explotación
de éstos, en muchos deltas del mundo se ha intensificado
en los últimos años; por ejemplo, las regiones
deltaicas de los ríos Níger, en Nigeria,
Mackenzie, en Canadá, y Orinoco, en Venezuela,
han sido convertidas en extensos campos de extracción
petrolera. En Colombia se han detectado posibles yacimientos
promisorios en algunas áreas de la llanura del
Caribe, asociadas a ambientes sedimentarios originados
en deltas antiguos que fueron formados por sistemas fluviales,
los cuales desembocaban en las zonas lacustres localizadas
en inmediaciones de lo que se conoce como la Depresión
Momposina.